FICCIÓN Y PANDEMIAS

Apocalipsis now


Tres miradas sobre producción y recorridos de consumos culturales


¿Por qué las epidemias, pandemias, guerras son las musas inspiradoras de cientos de guiones de films en todo el mundo?. El enemigo es otro, siempre poderoso, silencioso o no tanto, pero seguramente invisible.

Desde miradas y puntos de vista diferentes la Diseñadora Audiovisual Lucrecia Piatelli, además docente de Estética en la Carrera de Diseño de Imagen y Sonido -UBA / FADU; el Diseñador Audiovisual Dieguillo Fernández, también director, guionista y docente de Proyecto Audiovisual en la Carrera de Diseño de Imagen y Sonido -UBA / FADU y la Lic. Mónica V. F. Gruber, docente de Literatura en las Artes Audiovisuales en la Carrera de Diseño de Imagen y Sonido -UBA / FADU nos brindan sus perspectivas y trazan recorridos de análisis que abren a nuevas reflexiones.


Tres miradas sobre producción y recorridos de consumos culturales

¿Por qué las epidemias, pandemias, guerras son las musas inspiradoras de cientos de guiones de films en todo el mundo?. El enemigo es otro, siempre poderoso, silencioso o no tanto, pero seguramente invisible.

Desde miradas y puntos de vista diferentes la Diseñadora Audiovisual Lucrecia Piatelli, además docente de Estética en la Carrera de Diseño de Imagen y Sonido -UBA / FADU; el Diseñador Audiovisual Dieguillo Fernández, también director, guionista y docente de Proyecto Audiovisual en la Carrera de Diseño de Imagen y Sonido -UBA / FADU y la Lic. Mónica V. F. Gruber, docente de Literatura en las Artes Audiovisuales en la Carrera de Diseño de Imagen y Sonido -UBA / FADU nos brindan sus perspectivas y trazan recorridos de análisis que abren a nuevas reflexiones.

OPINIÓN

COVID-19 ¿Streaming o vacuna?... Los dos a la final!!!

Por Dieguillo Fernández
Inicia el texto (Redundancia). Prólogo documental (Advertencia)… Breve prólogo documental (Alivio).

Un, dos, tres, va… El virus, la pandemia y el confinamiento social, me han permitido advertir fácticamente un fenómeno que hasta el momento era para mí exclusivamente “exposición teórica en mis clases de Escrituras Audiovisuales”. Dicho fenómeno es: en su hora más trágica y desesperada, la humanidad (Gran parte de la humanidad… La que aún puede comer y mirar televisión al menos) implora que le sigan contando historias. Se mira, se regocija, se odia y se reconstruye, a partir de las historias que consume.

“Las historias dan cuenta de nosotros al mismo tiempo que nos crean”, nos gritan desde la antropología, la filosofía y la literatura. Creer o reventar. Explota el streaming. Netflix, la tierra prometida. Todos (Todos = El micro mundo de los storytellers y profesionales audiovisuales) queremos meter nuestras historias allí para que millones de espectadores las consuman. Policiales, románticas, sci-fy, horror, fantásticas, westerns, animadas, documentales, comedias, dramas, tragedias y realities… De aquí y de allá, y de más allá. Todas son consumidas sin respiro en maratónicas sesiones seriadas o revisitando viejos clásicos chatarra. Pasado, presente y futuro… Hoy quepo dentro de un algoritmo. Fin del breve prólogo documental (paso a la ficción).

“12 meses antes”...

Miro mi teléfono.
No tiene disco, no tiene cable, no tiene tubo, es liviano, finito y entra perfectamente en la palma de mi mano.
Escribo en mi teléfono. ¿Un telegrama… Una nota… Una carta?
No.
Escribo un “WhatsApp” invitando a alguien al cine entre semana.
¿Alguien? (No digo aún quién, porque he aprendido que la expectativa es necesaria en cualquier tipo de narración que pretenda seguir siendo leída).
Ese “alguien” es el único con tiempo ocioso (Igual que yo) al que le puedo proponer por esta vía de comunicación una escapada al cine entre semana: Mi hijo adolescente de 15 años (Fin de la expectativa. Mal uso del recurso).

Responde casi antes de que yo termine de escribir el mensaje de invite. Y lo hace tan rápido, no por especial interés o amor al séptimo arte (o por amor a su padre), sino por habilidad en el uso del dispositivo móvil… sin cable, sin tubo, sin disco. Acepta.

Tal vez sea una obviedad decir que la película ya estaba elegida… que no lo invité “al cine”… Que lo invité a ver “una película específica”… y reitero, aceptó. (¿Aquí habré evitado nombrar el filme por ese rollo de la expectativa, o por alguna cuestión de copyright? Mientras lo pienso, sigo escribiendo… para no aburrir con la pausa reflexiva, digo).
Función de las 14:15… Poca gente en el multicine, nadie en los pasillos y expendedoras de Pop Corn, Palomitas, Pochoclo… Penetración cultural.
Extraña sensación. Espacios preparados para el desfile de multitudes consumidoras que a esa hora no están allí. Espacio vacío… El Eternauta… Chernobyl … Soy leyenda… Walking Dead… ¿Un virus mortal? (Déjà vu).

Padre e hijo. Padre e hijo solos. Solos contra los zombies, contra el Imperio del Consumo, contra la Brecha Generacional… solos, yendo al cine… entre semana… a ver una película “para pensar”… juntos.

Soy un padre progre preocupado por darle a su hijo las herramient…. ahhhhhhhh… me come el cerebro un zombie mientras pienso. Chau, me digo, mi propio padre siempre me advirtió que pensar era peligroso, pero nunca imaginé que se refería a esto.

Pum!!! Mi hijo acaba de liquidar al zombie con una itaka. Me quedo perplejo…
¡De dónde sacaste eso!, le grito entre enojado y agradecido.
Es una KS-23, la más básica del Call of duty: Black Ops, me responde mientras aún sale humito de la punta a la escopeta.
(Call of Duty: Play Station, juego de guerra en primera persona. Explosivo, sangriento, violento, adictivo)

Gracias hijo… me salvaste la vida.
Todo bien, igual estamos en “modo rookie”, tenés infinitas vidas.

Abro un poco la boca para contestar algo… pero desisto. Entramos a la sala.
No puedo evitar mirar para los costados intentando prevenir la entrada hambrienta del zombie-vendedor de maní con chocolate.
Mi hijo me mira de costado… “¿Maní con chocolate?”.
Es como el M&M de mi época, le digo.
Nos sentamos.
¿Cuál es tu época?, me pregunta.
Cómo… eh… ¿Cuál es mi época?, me pregunto mentalmente.

Lo miro sin responder, y las luces comienzan a apagarse. Estamos en un cine, a oscuras, a punto de entregarnos a dos nuevas horas de misterio.

Esta es mi época, le digo finalmente como reafirmandome.

No me mira, está apagando su teléfono sin cables, sin disco, sin tubo.
Si claro… la mía también, me responde sin despegar la vista de la pantalla.

Oscuridad. Padre e hijo solos, y ese atemporal ritual del cine. Tal vez “su época”, esté por venir.

Epílogo documental (Ufa, con lo bien que estaba cerrar ahí arriba):

Un año después, ese atemporal ritual de escuchar (y ver) historias, sigue estando más presente que nunca.

OPINIÓN

Cuando el arte se contagia

Por Mónica V. F. Gruber.
Nos toca vivir una época difícil, extraña, inaudita. El confinamiento social obligatorio, producto de esta pandemia, nos ha sorprendido e impacta día a día en nuestras vidas. No obstante, el arte parecería una vez más haberse anticipado.

La peste ha sido considerada, desde tiempos remotos, un castigo divino a las iniquidades de la humanidad. Desde la Biblia, pasando por la Ilíada de Homero, el Edipo Rey de Sófocles, De rerum natura (De la naturaleza de las cosas) de Lucrecio o bien El Decamerón de Giovanni Boccaccio y que, a lo largo del desarrollo de la literatura y del teatro, ha constituido un topos. Otras manifestaciones artísticas, como la plástica y el cine, no han quedado al margen en su interés por este tema. Las menciones a la peste aparecieron en el Séptimo Arte, en producciones diversas, ya sea como una alusión al contexto, tal el caso de El Séptimo Sello (Det sjunde inseglet,1957), de Ingmar Bergman. En este film, un caballero que regresa de las cruzadas juega su destino en una partida de ajedrez con la Muerte que aguarda, en el marco de la epidemia, para llevarse a tantas víctimas como le sea factible. También en Maravilloso Boccaccio (Maraviglioso Boccaccio, 2015) de Paolo y Vittorio Taviani que retrata, siguiendo lo descripto por Giovanni Boccaccio en su contario, los estragos de la peste en la Florencia de 1348 y la decisión de un grupo de jóvenes de refugiarse en el campo para contar historias que los entretuviesen durante la propagación del flagelo. O bien, ocupando la esencia del relato cinematográfico en La peste (1992) de Luis Puenzo que, basándose en la novela homónima de Albert Camus, elegiría la peste como metáfora para referir la situación de las dictaduras latinoamericanas durante los años ’70.
Cabe recordar que el autor francés aludía a la ocupación nazi.

Las producciones cinematográficas abordaron esta temática, a veces desde géneros diversos, tal el caso de Pánico en las calles (Panic in the Streets, 1950), de Elia Kazan, que pertenece al llamado cine negro y que planteaba una carrera contra reloj para hallar a tres delincuentes que habían asesinado a un inmigrante portador de peste neumónica, antes de que se desatase una epidemia fatal.
La aparición del SIDA en los ’80 tendría también su correlato en el campo cinematográfico. ¿Un intento desesperado de advertir al público los peligros de la enfermedad? Tal vez. Pensemos en: Filadelfia (Philadelphia,1993), de Jonathan Demme, Y la banda siguió tocando (And the band Played on, 1993), de Roger Spottiswoode. O bien, en producciones más recientes como El club de los desahuciados (Dallas Buyers Club, 2016), de Jean-Marc Vallée, con la memorable actuación de Matthew McConaughey. Resulta oportuno señalar que, así como aparecieron películas que abordaban directamente el tema, otras lo hacían de forma encubierta o admonitoria, de este modo, Atracción fatal (Fatal Attraction,1987), de Adriane Lyne y Bajos instintos (Basic Instincts,1992), de Paul Verhoeven, ¿no portaban acaso, una advertencia metafórica acerca de la promiscuidad sexual?

Los avances tecnológicos y científicos abonaron estos temas, caros a la ciencia ficción. La garantía científica del género encontraría allí una veta inagotable. Pensemos en films como Doce monos (Twelve Monqueys, 1995), de Terry Gilliam; Epidemia (Outbreak, 1995), de Wolfgang Petersen; Soy leyenda (I Am Legend, 2007), de Francis Lawrence; Contagio (Contagion, 2011), de Steven Soderbergh y Guerra mundial Z (World War Z, 2013), de Marc Forster, entre tantos otros.

Con la reciente producción de series para plataformas de transmisiones streaming tales los casos de Netfilx, Amazon o Movistar, también este tópico ha sido revisitado con resultados interesantes: La peste (2018-2019), creada por Alberto Rodríguez y Rafael Cobos, cuya presentación se produjo en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, narra la epidemia que azotó a Sevilla en el siglo XVI. La cuidadosa recreación histórica y los contenidos transmedia -vale decir aquellos que expanden el universo narrativo aportando nuevos datos en múltiples plataformas, por ejemplo: Internet, YouTube, etc.- hacen de esta producción de Movistar+ una interesante opción. Otra de las series, esta vez emitida por el gigante Netflix, es la danesa The rain (2018-2019), creada por Jannik Tai Mosholt, Esben Toft Jacobsen y Christian Potalivo, que muestra las imágenes de un mundo devastado por un virus esparcido a través de la lluvia. En cuanto a quienes prefieren el género documental, la misma plataforma ofrece seis capítulos de Pandemia (Pandemic: How to Prevent an Outbreak, 2020), dirigida por Isabel Castro, Danni Mynard, Doug Shultz, Ryan McGary y Arianna LaPenne.

Algunas de las producciones audiovisuales anteriormente mencionadas resultan más anticipatorias que otras. No obstante plantean problemáticas que hoy, más que nunca, adquieren sentido: una enfermedad de origen viral que se expande sin control y amenaza a la humanidad, la impotencia del hombre para hallar la cura, la mutación de un virus que desconcierta a los científicos en su carrera para hallar la salvación, la posibilidad de que ese virus sea un producto creado por un laboratorio científico, la falta de escrúpulos de quienes manejan la información respecto de la enfermedad y, que al darla a conocer, las consecuencias son ya irreversibles … Todo parece teñirse de siniestras resonancias en nuestro contexto. Nuevamente resuena una pregunta que nos hemos formulado a lo largo del tiempo ¿Puede el artista vislumbrar algo que el resto de nosotros ignoramos? Quizás debamos considerar que el arte y hoy, el cine y las series, nos ayudan a re-pensar nuestro presente distanciando los hechos a épocas pretéritas o futuras, la ciencia ficción toma aquí el relevo y se hace cargo de problemáticas que nos inquietan. Los avances científicos y tecnológicos buscan mejorar la vida de los seres humanos, pero ¿qué sucede cuando el científico usurpa el lugar de Dios? ¿Cuánto de lo que nos sucede no sería, tal vez, producto de ello? Indudablemente el arte nos ofrece un espejo a veces edulcorado, otras deformado de la realidad, pero que nos permite interrogarnos acerca de nuestro presente y de nuestro futuro.

OPINIÓN

Intervalos de ficción pandémica

Por Lucrecia Piattelli.
Leyendo un libro de Griselda Pollock me crucé de nuevo con la famosa frase de Benjamin, que resulta más que apropiada para pensar estos tiempos: “Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia. Pero tal vez las cosas sean diferentes. Quizá las revoluciones sean la forma en que la humanidad, que viaja en ese tren, acciona el freno de emergencia”. Al comienzo de la pandemia tuve esta sensación, estar en un viaje super acelerado y justo antes de que llegue el final de las vías se había detenido de golpe, aunque es obvio que no se trató de una revolución. Tal vez no tengamos que perder las esperanzas de hacer la revolución ya que a mi entender las vías que se terminan a lo lejos son los recursos finitos del planeta que estamos dejando a las próximas generaciones.

El estado decretado de pandemia mundial, nos puso frente a un escenario muchas veces imaginado por la ciencia ficción tanto de radio, cine y literatura. Y cuando pudimos asomar la cabeza para ver lo que pasaba se trató de estar viviendo una de esas tantas historias. Las calles vacías, las autopistas desiertas, colas en los comercios de primera necesidad, fantasmas de desabastecimiento y una catarata de imposición de nuevos hábitos, como tener que lavarse más seguido las manos, “¡¿qué es eso?!”

Intentando rehacerme de algunas rutinas cotidianas salí a la calle a carcomer el tiempo pero el aire olía a otra cosa, que no era el gusto ni el olor de los domingos. Las calles parecían sólo posibles de caminar para Juan Salvo, El Eternauta, las voces de los comunicadores y periodistas se escuchan con el dramatismo de Orson Welles en La Guerra de los Mundos, y las ciudades se veían similares a las del film de Soderbergh Contagio, apoyadas en precisos conocimientos científicos que supieron anticipar el presente. Se habló de invasores invisibles a los que no podemos ver, como a tantas otras cosas que no queremos ver y que producen efectos sobre nosotrxs. Pienso en Saramago y en su Ensayo sobre la ceguera, “en los ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.

El silencio que se escuchaba en la calle, en aquellos primeros veinte días, no hacía más que hablar del fenómeno, una rareza del espacio público en los centros urbanos y más aún en el ruidoso Conurbano bonaerense. Un silencio impenetrable que producía un auténtico extrañamiento de lo común.

La casa se volvió una cueva. Cada tanto energía un impulso por tomar la calle en una acción directa y, al instante, esa sensación se desvanecía con una serie de preguntas:

¿Resistencia?¿contra qué? No es la revolución en las calles la que hay que hacer. Así  nuestra vida comenzó a reflejarse en este intervalo de ciencia ficción. La pandemia le disputa al virus lo que está detrás de todo esto y la pandemia le disputó a nuestra vida la ficción.

Un sábado cualquiera -de estos que la situación no admite distinguir por ningún rasgo particular- alguien en la casa se animó a preguntar por las vacaciones. La respuesta del adolescente no tardó en llegar:

– ¿Vacaciones? El problema es no poder salir de casa para ir al colegio, es lo único que me importa –dijo de golpe.

– Menudo problema –dije pensando en voz alta. Un adolescente que lo único que quiere es volver al colegio, se dio vuelta todo. Después de un breve silencio comencé a entender. Había algo de aquello que Freud llamó siniestro que comenzaba a emerger.

Siempre tuve la preocupación de sentir que las vidas ya estaban ficcionadas, una preocupación centrada en los procesos de alienación y de vidas mercantilizadas en relaciones capitalistas. Todavía me pregunto si el documental sigue siendo un género posible para expresar otras formas de vida, vidas auténticas. Rápidamente llega a mi Cuentos para la supervivencia terrenal de Donna Haraway y sus respuestas desde un pensamiento tentacular. Asumo junto a ella el lugar de la disidencia a la ficción de nuestras vidas y grito con Susy Shock “¡Que otros sean lo normal!” Vidas y modos de vida fabricadas por matrices perceptivas que toman nuestras experiencias. Mecanismos y dispositivos operando sobre nosotros a través de una economía de la atención. Maquinaciones para producir un estímulo atencional mercantilizado.

Me pregunto dónde queda el registro de lo vivo, qué lugar le dejamos en nuestro presente a las especies compañeras no humanas.

Intentemos entonces habitar el silencio y ese afuera distópico. No editemos nuestra vida recortando lo mejor, lo que nos devuelve la aprobación pública escalando potencias de lo falso. ¿Mujer verídica? Lo que nos devuelve lo vivo es el error, probar y equivocarse, la reflexión sobre lo que duele. La experiencia para aprender. De los seres vivos que habitamos el planeta fuimos lxs únicxs que detuvimos el sistema productivo, dejando respirar la Tierra por veinte días. Las otras especies continuaron sus procesos vitales ampliando sus horizontes las más cercanas a nosotrxs, aquellas que limitamos días a día con los sonidos invasivos, la  contaminación del aire y del agua. Nuestra presencia quedó suspendida. La pandemia también fue un intervalo de limpieza para la Pachamama en ciclos de aire, viento, fuego, agua, sol, pulso y regeneración de vida.

Ahora nos absorbe una lengua pandémica por la tecno comunicación virtual, hibridaciones que comienzan acelerarnos de nuevo. Entonces, comienzo a percibir que hay un acto de resistencia en caminar las palabras y sus extensiones de sentido. Pensarlas antes que piensen por nosotrxs. Esto necesita de nuestra atención y acción directa ya que esa invasión si nos puede hacer sucumbir en el habla y también en el pensamiento.